Las cosas importantes
Fuimos a un museo que está dentro de un bosque, que enfrente tiene un lago donde algunos pedalean en unas barquitas de color blanco mientras las ocas y los patos sobreviven como pueden en un bullicio poco natural.
Dentro del museo hay un jardín donde tocaba una orquesta con nombre de animal. En realidad, la orquesta no era una orquesta, era algo así como una banda y la música no era muy buena y éramos tan pocos que fueron llamando a todos los trabajadores del espacio para que ocuparan algunas sillas y que pareciera lo que estaba previsto. No importa. Me dediqué a observar eso. Cuánta urgencia por ingeniar un simulacro para que queden bien las fotos que se comparten para una posteridad que dura un rato apenas. Los niños y las niñas que estaban (seis) no se percataron de esa ficción. Los niños y las niñas bailaron con la torpeza y el pudor con que se mueven en territorios grandes y nuevos. Aplaudieron con intensidad. Fueron un público generoso.
En ese jardín hay un roble frondoso con una sombra impagable. Y el tren pasa a su espalda en frecuencias cronometradas con ese ruido eléctrico y ese traqueteo y las infancias levantando las manos cada vez.
Qué tendrán los trenes que nos entusiasman siempre.
Mi hija conoció un nuevo instrumento: el banjo.
Y se rio mucho con las ocas del lago de enfrente.
Y saludó al tren todas las veces.
Si yo supiera de qué selva vino
El árbol vigoroso que dio el cedro
Para tornear la cuna de mi hijo…
Quisiera bendecir su nombre exótico.
Quisiera adivinar bajo qué cielo,
Bajo qué brisa fue creciendo lento
El árbol que nació con el destino
De ser tan puro y diminuto lecho.
En el podcast Hotel Jorge Juan escuché la entrevista al escritor madrileño Ray Loriga. Dijo que le gusta todo el arte pero que tiene fascinación por el dibujo; tal vez porque su padre es ilustrador y porque él, de niño, se enfrentó primero a un mundo dibujado antes de enfrentarse a un mundo real. Que todas las cosas que se fue encontrando en la vida las había visto antes dibujadas, incluso las ciudades. Dijo que esa experiencia fue maravillosa, que nunca podrá agradecerla bastante. Quise imaginar cómo y aunque no pude me pareció increíble. Y pensé cuántas formas distintas y posibles hay de vivir (y entonces, de criar).
Vi la película Alcarràs, de Clara Simón. Me he quedado pensando que la herencia son las tierras que nos alimentan y que trabajamos, las casas llenas de polvo y de trastos, los papeles y los contratos ilegibles; el trauma que deja un país con una Guerra entre civiles; la rabia que acumulamos y mostramos a nuestros deudos cada día porque el fracaso no encuentra redención ni filtro y se imita o se inocula; lo que hacemos con lo que nos pasa; la sombra de una higuera en una tarde de verano; una canción como memoria.
El libro comienza con esta reseña que escribió la autora en 1922 sobre el libro La vara de Aarón, de D.H. Lawrence:
Hay ciertas cosas del libro que no me gustan. Pero no son importantes, o no son parte sustancial. Parecen superficiales, incrustadas, se le aferran como caracoles al dorso de una hoja (y nada más), y quizás dejan atrás una fina huella plateada, un manchón, que produce el mismo rechazo que la falta de inteligencia. Pero aparte está la hoja, está el árbol, firmemente plantado, con raíces profundas y copa ancha, que crece majestuoso y lleno de vida en cada ramita. Todo el tiempo que pasé leyendo sentí que el libro me estaba alimentando.
Las cosas que importan.



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