Odio el verano como Natalia Ginzburg

Es enero en Buenos Aires y el calor me enfurece. Mis hermanos suben una foto de mi ciudad cubierta de nieve al whatsapp familiar. La memoria de mi cuerpo me refresca por un instante mientras imagino el crujido de los pies en esa nieve a estrenar. Y mi cara helada. El vaho de la boca al hablar. 

Es efímero el efecto pero qué rico.




No se puede decir (pero lo digo igual) que no me gusta el verano, que el verano es tedioso y hasta deprimente para quienes no tienen río, mar, montañas, bosques o cualquier refugio que conceda placer al letargo y mitigue los efectos del bochorno. Sufrí mucho los veranos de mi infancia, cuando todos se iban a la playa o a los pueblos con río y bicis y amigos de otros lados y noches eternas llenas de posibilidades, de fiestas populares y de brisa fresca. El verano en la ciudad (provinciana o cosmopolita) es insoportable. Yo, que no me iba a ningún sitio, me quedaba esperando que alguien volviera. He descubierto, gracias a uno de los Viernes de Juan Forn, que Natalia Ginzburg (a quien admiro y a la que leo, releo y cito con frecuencia) también odiaba el verano en la ciudad porque los que estaban solos de pronto tenían la exacta dimensión de su soledad.
Eso. Natalia como argumento.

El verano en la ciudad con niñxs es intenso y si hay suerte, concede siestas. La siesta de lxs hijxs es (especialmente para las madres) un universo cargado de expectativas. El silencio de la siesta es tan prometedor como inquietante y siempre termina antes de lo previsto. Alice Munro siempre ha dicho que escribía cuentos y no novelas porque es lo que podía hacer durante las siestas de sus niños. Háblame de gestión de tiempo. Y del valor de lo doméstico. Y de vidas creativas.

Vi Cinco lobitos (Alauda Ruiz de Azúa, 2022). Ese momento, al empezar, en que la chica, recién parida, entra en su casa, con su bebé, su compañero y sus padres y su madre, tan madre ama de casa, se dispone a cocinar algo para todos y ella, tan puérpera, tan perdida, da un respingo al sentarse para amamantar y la madre le dice qué te pasa y ella dice, los puntos, y la madre, tan dura y tan áspera, le dice, anda, mujer, que a todas nos pusieron puntos y la deja ahí sentada mientras sigue buscando las cazuelas y el perejil y la chica llora mucho todo el tiempo y se enfada mucho y ve que la vida ya no es aquella, ni se parece, aunque quisiera.

El mundo nos quiere productivas pero el cuerpo reniega.




Estos versos de Erri de Luca: 

Considero un valor ahorrar agua, reparar unos zapatos,
callar a tiempo, acudir a un grito, pedir permiso antes de
sentarse,
saber dónde está el norte dentro de una habitación, 
saber el nombre del viento que está secando la ropa.

En la novela Tres luces (Claire Keegan, Eterna Cadencia), en la Irlanda rural una mujer lleva a su hija más pequeña a casa de una amiga para que la cuide hasta que haya dado a luz a su nuevo hermano. Esa casa es todo lo opuesto a la suya. Subrayé esto: 

Vuelvo a la cama, muerta de miedo, y me quedo dormida. Más tarde, en algún momento de la noche -me parece mucho más tarde-, la mujer entra. Me quedo quieta y respiro como si no me hubiese despertado. Siento que el colchón se hunde, el cuerpo de ella sobre la cama
    -Dios te ayude, criatura -dice-. Si fueras mía, jamás te habría dejado en una casa con extraños

Nunca somos madres como las otras.

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